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Club literario Cerca de ti


Club literario El rincón del caminante

No dejes camino por vereda

No dejes camino por vereda

(Publicado en Caleidoscopio XIII, colección de cuentos de la Escuela de escritores Sogem, Guadalajara, Jalisco, México, 2016, Ed. Zonámbula)

 

Hay muchos recuerdos que guardo como si hubiera nacido envuelta en ellos. Son como mi propia piel. La mayoría de ellos caben en una sola palabra: saudade, porque producen cierta clase de escozor en el alma; porque son como una añoranza fría, como un día invernal que despierta en medio de la neblina espesa, formada por millones de minúsculas gotitas de nostalgia, que a veces nos invaden  y no sabemos por qué. Son recuerdos traídos por el viento; por un viento que nos arrastra suavemente y en ocasiones nos hace flotar sobre nubes de soledad.

La gente suele depositar sus recuerdos en una balanza, como si buscara saber cuáles tienen mayor peso, los buenos recuerdos, los que repiquetean como castañuelas, o los que nos atan al cuello un ancla pesada para mantenernos hundidos en la melancolía. Según mi propia experiencia, éstos son los más numerosos y duraderos; no se borran, son los tatuajes que llevamos impresos en lo más íntimo del corazón. Uno de ellos, ahora se planta frente a mí; es desafiante, es hiriente, es de los que hacen decir a uno ¿por qué a mí?

 

Papá me llevó a la estación, todavía me parece oír ese ruido del motor, tan propio de los carros antiguos como el que había en casa. En todas partes hacía frío; pasamos del frío de la casa, al frío del coche, con sus asientos recubiertos de piel, con los vidrios un poco empañados por el vapor que producía nuestra respiración. Yo veía pasar por la ventanilla, los postes y los árboles, que se iban quedando atrás, perdiéndose a la vista. Junto con ellos, tenía la sensación de que todo un mundo quedaba a mis espaldas. Era un ancho camino el que recorrimos para llegar a la estación. Se oyó un silbido largo y doloroso, salido de un tren que llegaba al mismo tiempo que nosotros. Leí un letrero con el nombre del pueblo sobre la puerta principal: Estación Villa  Esperanza. A mis ocho años de edad, empecé a odiar el nombre de mi pueblo, porque me parecía una mentira muy grande, rodeada de acontecimientos, que yo, apenas ahora trataba de comprender, sin conseguirlo.  Mi padre me aleccionó antes de salir de casa:

-Este es tu equipaje, Inés. Vivirás con tus tíos por un tiempo, ya te explicaré en el momento más oportuno, las razones por las que debes permanecer con ellos; ahora no lo entenderías. Confía en mí.

Y lo hice. No podía menos que confiar en un hombre que siempre me trató con amor. Los abrazos que me daba, quedaron desperdigados por todos los rincones de la casa; en todos ellos aparecía papá, siempre oportuno. Me abrazaba cuando, por la noche,  me contaba cuentos, que nunca escuchaba hasta el final porque antes, me dormía en sus brazos; me abrazaba cuando me dejaba diario a la puerta de la escuela; también lo hacía cuando yo salía a encontrarlo por las tardes; el cansancio del trabajo no impedía que nos fundiéramos en un fuerte abrazo. Y no había lágrimas que él no pudiera secar con abrazos y caricias. Papá era el sol, y yo, un pequeño planeta que giraba en torno suyo.

Mamá era diferente. Sus ojos grandes no parecían llenarse con la luz del día; no estaban hechos para ver las flores que papá cortaba para mí cuando vagábamos juntos por el campo. Los ojos de mamá estaban más hechos para el llanto. La primera vez que la vi llorando, le pregunté la causa; no me contestó, se limitó a darme un abrazo muy triste, de suspiros en fuga, de lágrimas candentes que se fundieron con las mías. Era un sufrimiento muy grande verla llorar, empecé a evitarla, una niña pequeña no puede soportar tanto dolor ajeno. Un día pensé que de tanto llorar, se había secado la fuente de sus lágrimas. Casi no salía de su recámara, se apostaba junto a la ventana, sin sentir el vaivén de su mecedora, ni el paso de la vida; los ojos muy abiertos, pero sin ver nada. Por su ventana pasaban los pájaros, la luz del sol, una procesión interminable de nubes, y a veces, por la noche, la luna trató de sacarla del abismo en que se hallaba, pero todo fue inútil. Su rostro adquirió la palidez de la luna, y mamá, se perdió en la noche. Algunas veces me le acerqué al salir de la escuela, pero me di cuenta de que yo era invisible frente a ella, no había forma de hacerle sentir mi presencia. Le hablaba, pero mi voz no tenía cuerpo, y ella, no la percibía. Acabé por aceptarla y amarla como era, una estatua con diferentes posiciones y la mirada clavada en el infinito, o tal vez en la nada. Me conformaba con estar junto a ella; recordar cómo era antes de perderse en la noche, cuando aún podía verme y oírme. Entonces trataba de adivinar por qué tenía la obsesión de que no entrara en la cocina. Alguna vez que me vio allí, se le descompuso el rostro en una expresión de pánico y me ordenó que saliera inmediatamente. Desde entonces, la cocina fue un lugar prohibido para mí. Me parecía tan absurda la prohibición…

Ese día en la estación, estaba nadando contra la corriente de mis recuerdos, pero sin importar su fuerza, si eran buenos o malos, todos los recuerdos se desvanecieron al sonar de nuevo el silbido largo y doloroso proveniente del tren, en una estación fría, como la de Villa Esperanza, que contagiaba de su frío a todos los pasajeros, y tenían que abrigarse para no enfermar de tristeza, pero fue en vano; entre la imagen de mamá, perdida en la noche, la estación fría de Villa Esperanza y el largo silbido del tren, caí víctima de la epidemia y mi alma se infectó de una desolación que en ese momento, me parecía incurable. Papá me tomó de las manos, vi en su cara el esfuerzo de un hombre recio por contener las lágrimas, me levantó, me abrazó, me bajó despacio y me presentó al tío Luis, que había llegado al segundo silbido del tren.

-Inés, él es el tío Luis, estarás bien en su casa, sé buena con él.

Papá intercambió algunas palabras con el tío Luis y se marchó; regresó a casa por el ancho camino que nos había llevado a la estación. Yo caminaba de la mano del tío Luis, y casi de espaldas, porque seguía viendo a papá, hasta que se perdió entre la gente.

El tío Luis era de pocas palabras, un hombre bueno, sin la emotividad de papá, pero también era cariñoso, tenían muchas cosas en común, a fin de cuentas, eran hermanos. La tía me recordaba mucho a mamá, su voz era dulce y afable, hablaba pausadamente, y daba la impresión de no verme, pues parecía dialogar con las paredes de su casa, o con los muebles, o con las plantas del jardín, pero nunca me miraba a los ojos. Vivían en una ciudad más grande que Villa Esperanza, salíamos al mercado y a unas tiendas; en la casa había muebles antiguos, un jardín grande, una fuente donde los pájaros llegaban a beber y a bañarse; había también mucho silencio. Me acostumbré rápido a la vida sosegada de los tíos, y cuando me inscribieron en la escuela, mis compañeros se adaptaron a la parquedad de mis palabras y a la escasez de mis sonrisas. Extrañaba mucho a papá cuando en la mañana, el tío Luis me dejaba en la escuela, sin un abrazo que me acompañara durante cinco horas. También lo echaba de menos cuando a medio día, un chofer con cara de abuelo bonachón, me recogía siempre con el mismo saludo. -¿Cómo está la señorita Inés? Yo subía al coche y cerrando los ojos, veía la avenida amplia por la que papá me llevó a la estación de Villa Esperanza. Me parecía un ancho camino porque estaba empedrado con grandes recuerdos, que ya eran parte de mi vida, al margen de que fuesen buenos o malos. En cambio, en la ciudad de los tíos, aunque era más grande, sus calles me resultaban angostas como veredas de rancho, por la sencilla razón de que no había en el paisaje, nada que me provocara echar raíces ni en la ciudad, ni con los tíos, ni en la escuela.

Un día descubrí que tenía diez años, y que a pesar de que habían transcurrido un par de años desde que llegue a la casa de los tíos, no conocía algunos detalles de su geografía. Por tanto, me puse a explorar los rincones que me faltaban de conocer. Al fondo de la casa, encontré una huerta llena de árboles frutales y de canciones que entonaba el viento al tocar sus frondas. En la planta alta, descubrí que una habitación estaba cerrada con llave, pero en una maceta que hacía guardia a un lado de la puerta, estaba la llave. Abrí despacio, disfrutando de la melodía chirriante de la cerradura. Me llamó la atención el olor a papel viejo y quince o veinte cajas de zapatos, atadas  con sendos listones color rosa. Aquello sí que era un buen descubrimiento. Estaba por abrir una de las cajas, cuando se oyó un taconeo discreto que inundó el pasillo y luego el cuarto de las cajas. Sí, era la tía.

-No la abras; si quieres entretenerte en algo, te mostraré hoy en la noche una colección de fotografías de la familia. Cierra la puerta y vámonos- Dijo tranquilamente la tía, dirigiéndose a la maceta, luego a las cajas y a la puerta, como si hablara con ellas y no conmigo.

Qué emoción, pensé con ironía, fotos de familia, qué divertido, pero yo tengo otros planes. Desde ese día, vigilaba estrechamente a la tía; cuando ésta salía de la casa, para mí empezaba una frenética actividad. La llave se encontraba en el lugar de siempre, abrí unas cuantas cajas la primera vez y encontré muñecas de trapo y de porcelana, vestidos de diferentes tallas, aretes, pulseras y otros adornos para niña. Trataba de seguir hurgando ávidamente en las demás cajas cuando escuché que se abría la puerta de la calle, pero había tomado mis precauciones; había cerrado meticulosamente cada caja después de la revisión, colocando luego el listón color rosa, así que tuve tiempo de cerrar la última sin que nadie pudiera sospechar la investigación que realizaba. Pero la tía no hizo movimientos riesgosos, por el contrario, me llamó en voz alta sólo para decirme que papá vendría ese fin de semana. Él acostumbraba ir cualquier día, por las tardes y a veces, al anochecer. Esperé con mayor ilusión esta visita, pero no podía hacer nada. Contarle mis hallazgos, era delatarme de entrometida en las cosas de la tía. Por fin llegó el sábado y abracé a papá con más fuerza que nunca. Quería decirle en silencio, que casi estaba lista para entender sus razones de por qué debía vivir con los tíos, pero no tenía pruebas, sólo abrigaba la sospecha de que encontraría una lucecita que desentrañara un misterio familiar; eso era lo que presentía.

La luz que buscaba, llegó en el segundo escrutinio. Una lógica muy personal me decía que el acomodo de las cajas tenía que ver con la cronología de ciertos acontecimientos. Por tanto, esa vez tomé una que estaba un poco más al fondo, contenía un pequeño diario con el nombre de Clara, en la primera hoja, y describía algunos acontecimientos insulsos de tipo familiar y otros más interesantes relacionados con la misma escuela a la que yo asistía en Villa Esperanza. Abrí otras cajas en las que había juguetes y animalitos de felpa. No sabía qué pensar de la tal Clara, debía ser la dueña de todos los objetos que había en las cajas, pero no eran evidencias suficientes para relacionarlas con el ritmo de la vida familiar. En los siguientes días fueron más intensas las revisiones, y en la última caja encontré por fin una carta más larga y más triste que el silbido del tren en la estación de Villa Esperanza. Entre otras muchas cosas decía: Alicia, que es el nombre de mamá, no te culpes por la muerte de Clara, te estás consumiendo, ¿quién iba a saber que un día se levantaría demasiado temprano, que entraría a la cocina, que estaría encendido el fogón y que se pasaría el fuego a sus ropas? Todo coincidió para que a pesar de los esfuerzos de la familia, Clarita se nos fuera a unos minutos de haber ingresado al hospital. Piensa que por lo menos no tuvo una larga y dolorosa agonía. Si te lastiman tanto los recuerdos como dices, envíame todo lo que tenía la niña: ropa, juguetes, etc., yo te los guardo hasta que los quieras de regreso…

          No pude más, lancé un verdadero alarido en que se juntaba todo el dolor de mamá, de papá, el mío y de todos los que sufrían por la muerte de mi hermana, a la que no recuerdo porque yo era muy pequeña cuando ella murió, la tía mencionaba todo eso en la carta: no es el fin de tu vida, centra toda tu energía en la hija que te queda, es muy pequeña; no la vayas a arrastrar a tu mundo de tristeza…  La tía llegó al cuarto de las cajas, no mostraba sorpresa por mi llanto descompuesto.

-¿Por qué no me dijiste, tía?

-No tuve el valor de hacerlo, preferí dejar la llave en la maceta y salir de vez en cuando de la casa para dejarte en libertad, y que lo supieras todo por ti misma.

Yo sólo quería volver a casa y reconstruir el ancho camino de mis recuerdos.

Jesús M. Mota

Oriundo de Colotlán, Jalisco, México. Avecindado en Guadalajara, Jalisco. Aficionado a la lectura. Pensionado, sigo trabajando como profesor universitario (asignaturas administrativas). No puedo imaginar un mundo sin música ni literatura. Eventualmente escribo algo, no necesariamente para publicarlo. Me gusta El rincón del caminante (antes Club literario cerca de ti). Es una buena oportunidad de conocer gente y hacer buenas amistades. Agradezco a Pilar la fundación de estos grupos, y junto con su equipo de administradores reconozco la gran labor que se han echado al hombro.

6 comentarios

  1. No hay palabras en las que se pueda describir mi emoción por tu amplia Alma, llena en todo su esplendor de flores. El talento que tienes se ha convertido en un rollo de cámara que registra todo lo sutil, hermoso y maravilloso que encierra el cariño, la visión, la sencillez, el secreto y mucho más.
    ¡Gracias por tu inspiración!
    Abrazos
    Natuka

  2. Jesús María, un saludo.
    Yo también hice el curso de dos años en el SOGEM, pues siempre he querido escribir. El problema es la publicación. Me he cansado de mandar trabajos a editoriales, universidades y la respuesta es el silencio.
    Ahora escribo cuentos cortos de humor negro (así me salen) y los publico preferentemente en Facebook y en este portal.
    Pero, paso a comentarte el cuento tuyo que leí con interés. Bien escrito, despierta la imaginación. Relatas con maestría el síndrome depresivo de la mamá y la inocencia de Inés y sobre todo lo que me gusto es el final, sorpresivo: la tía con buen criterio sabía que lo prohibido causa deseo y eso empleo con su sobrina.
    Es un cuento amable y me gustaría escribir así, pero, no me salen.
    Gracias.

  3. Gracias por tus palabras, Terencio. Tu paso por la escuela SOGEM, aparte del talento natural que se nota en tus textos, explica porqué tus relatos fluyen con agilidad, impulsados por el buen uso del lenguaje. Me gusta leerlos porque siempre tienen un toque de humor fino.
    En cuanto a tu deseo de publicar lo que escribes, ayudan las redes sociales pero tal vez deberías de probar con los diarios. Muchos periódicos tienen sección cultural; yo lo veo en Guadalajara; no dejan de publicar cuentos de escritores que intentan darse a conocer. Algunos de esos relatos son de los alumnos de Sogem, y creo que, después de varias aportaciones a la cultura, a través de la prensa, más de algún editor se podría interesar.
    Publicados o no, yo seguiré leyendo tus cuentos porque están bien hechos; se nota en ellos la mano de un conocedor del oficio de escribir, e insisto en que me gustan porque, en medio de tantas noticias nefastas que circulan y causan preocupación, lo que tú escribes provoca sonrisas, mientras que mi producción, como puedes comprobarlo, suele transitar en sentido contrario.

  4. Natuka, muchas gracias por tus comentarios. Un abrazo.

  5. Tu relato nos permite conocer, a grandes rasgos, tu mundo. La lectura fue amena e interesante. Gracias por compartir tus recuerdos.
    Shalom desde Israel, amigazo

  6. Gracias, Beto. Agradezco mucho tus palabras.

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