Lola llegó a casa cuando yo tenía doce años y ella, aproximadamente, dieciocho. Mis padres la contrataron para que se ocupara de la limpieza general de la casa y, sobretodo, de mí. No sé muy bien por qué decidieron ponerme una vigilante, puesto que yo era muy callada y no eludía mis obligaciones escolares, pero debieron pensar que una mujer a mi vera, disponible las veinticuatro horas del día podría beneficiarme de alguna manera.

           Mamá se pasaba el día de compras y papá estaba de viaje casi siempre, lo que quiere decir que nunca estaba para mí.

           A Lola la enviaron sus padres a servir a la capital cuando era una niña y, a duras penas, sabía leer ni escribir. Antes de entrar a mi servicio ya había ejercido de chacha en otras casas. Debido a la escasa diferencia de edad se convirtió en mi confidente más que en mi aya. Yo le confiaba mis temores y las aventuras escolares propias de mi edad, disfrutaba en su compañía porque nos reíamos juntas y llorábamos al unísono, como cuando se murió mi gato. Lola tenía una curiosidad inusitada por todo lo que yo hacía, cuando me veía llegar a casa, cargada de deberes, ella disfrutaba lo que no está en los escritos y yo despotricaba con tantas tareas. Lola llegaba al punto de emocionarse viéndome con tanto libro y cuaderno, disfrutaba como nadie cuando le leía “El Quijote” o le recitaba “La vida es sueño”. Ella no podía entender que a mí me resultaran un suplicio los deberes cotidianos y cuando yo protestaba, ella me decía que se cambiaría por mí sin dudarlo un instante, con el único afán de cambiar el estropajo por la literatura y que tenía que estar agradecida por lo que la vida me estaba ofreciendo, yo escuchaba su letanía como quien oye llover.

        Una tarde en la que yo estaba quejándome, como de costumbre, Lola harta de mis quejas me soltó de sopetón:

        -¡No sabes valorar lo que tienes… no te lo mereces!

    Y yo, hastiada por sus recriminaciones y dada mi condición de señorita de la casa, abrí la caja de los truenos y a voz en grito le dije:

        -No es lo mismo leer un libro cuando te apetece que hacerlo obligatoriamente.  Tener que presentar un resumen o una interpretación de texto es un auténtico suplicio para mí, sin contar que no debes cometer ni una falta ortográfica. ¡Toma, te lo regalo!

       Le lancé, sin miramientos, el libro “La Dama Boba” de Lope de Vega, mientras más que hablar, escupí:

      -¡A ver si aprendes algo, el título te va que ni pintado! -seguí gritando- Y cuando hayas terminado éste, te vas a leer “El Quijote de Avellaneda” por si no sabes que existe ¡Qué vas a saber tú! Para mañana quiero una interpretación de texto si eres capaz de entender una lectura. Te quitaré un punto por cada falta y otro por cada coma fuera de su sitio y tres por tu falta de comprensión que ésos ya los tienes perdidos de antemano ¡Dama boba! ¡Vete a hacer los deberes y déjame en paz!

        Me despaché a gusto con Lola, me tenía harta con tanta satisfacción por los deberes que yo tenía que hacer ¡Qué bonito lo veía todo! ¡Cómo ella no los tenía que hacer! ¡Así cualquiera!

       Me miró condescendiente. No ví rastro de odio en su mirada, ni siquiera hizo el gesto de aquel que, ofendido, levanta el mentón para ir directamente a los ojos aceptando el desafío. Con los libros entre los  brazos como quien acuna a un niño salió de mi habitación. En el transcurso de los dos días siguientes no hizo acto de presencia y el hecho de no tropezarme con ella a cada momento empezó a inquietarme, la echaba de menos. ¿Dónde estaba?  Necesitaba contarle que había conocido a un chico nuevo y que me sentía en las nubes cada vez que nuestras miradas se cruzaban al entrar o salir de la urbanización. Mi prioridad era que Lola se enterara de dónde vivía él para poder tenerlo localizado pero ¿Dónde había ido ella? A mis padres, de tanto extrañarlos, había terminado por no notar sus ausencias y, sin embargo, Lola había conseguido hacerse notar precisamente al faltarme su presencia.

      Supuse que estaba enfadada conmigo por todo lo que le dije en nuestra última conversación y, como no entiendo que nadie se ofenda porque se le diga la verdad, decidí que no me iba a llevar mal rato por una criada de más o de menos.

      Cuatro días después, Lola seguía sin dar señales de vida y empecé a preocuparme de verdad ¿Le habría pasado algo? Oí el ruido del motor de un coche acercándose a la casa y bajé corriendo las escaleras con el ánimo entusiasmado pensando que era ella que volvía del pueblo o de dónde fuera que hubiera ido. Era impensable que se hubiera marchado para no volver porque me quería y sin mí ¿Qué podía hacer la pobre?

       Ví bajar del coche a mi madre. Venía cargada de paquetes como de costumbre y me sonrió como nunca, pensando que salía a recibirla y su cara se iluminó pero lo único que hice fue preguntar por Lola. ¿Dónde está? ¿Qué has hecho con ella? ¿La has despedido sin avisarme? ¿Por qué?

      La sonrisa de la cara de mi madre se borró “ipso-facto” al comprobar que mi recibimiento no iba dirigido a ella y el abrazo que debiéramos habernos dado quedó suspendido en la nada.

     -Si de veras te importa tanto, sabrás dónde buscar. ¿Has mirado en su habitación? -sentenció mi madre-

      Corrí escaleras abajo, hacia el sótano donde Lola tenía su dormitorio y abrí la puerta de un golpe. Todo estaba en perfecto orden y un papel sobre la cama llamó mi atención, me apresuré a leerlo:

       “Señorita, bien sabía yo que acabaría entrando en mi cuarto, así que por eso le pongo estas líneas. He pedido permiso a la señora, o sea, su madre de usted para poder hacer los deberes que, a bien, tuvo mandarme y siendo yo una mujer a la que le gusta cumplir con sus obligaciones me fui a decirle a la señora que iba a necesitar tiempo para realizar su petición porque si a usted le cuesta ponerse a la tarea digamos que cuatro horas yo necesito cuatro días o más. Su madre de usted ha tenido a bien concederme diez días y me he ido al pueblo, volveré con los deberes hechos o no volveré nunca.

       Si me permite el atrevimiento le recomiendo humildemente cuidar las relaciones humanas, no es un libro y no sé si así será usted capaz de comprender lo que quiero decir pero es algo así como no hacer de menos a nadie por no haber leído “El Quijote” como yo tampoco me río de usted por no saber hacer una cama, es algo así como no ofender a capricho porque puede que una servidora no sepa que boba es con dos bes pero la entendí a la primera y como ya le digo, en sus libros no dice nada de los buenos modales y a lo mejor nos necesitamos las dos, yo a usted para ilustrarme y usted a mí para aprender que, en la calle, tratar con educación al prójimo es lo que se valora porque nadie le va a preguntar si ha leído “La Dama Boba” pero según su proceder la pueden considerar como tal.

     Si no hay faltas de ortografía en mi nota no es porque de repente me haya aprendido las reglas sino porque su madre de usted ha tenido la gentileza de corregirme sin insultarme.”

 

                        Con todos mis respetos s.s.s.

 

                                                          Lola.

 

    Durante unos instantes, sentada en el borde de su camastro, me quedé estupefacta por el descaro con el que se refería a mí en su misiva. Más que apretar el papel entre mis manos, lo estrangulé con rabia para acto seguido romper a llorar al comprender que llevaba toda la razón del mundo y que yo, en mi soberbia, nunca había tenido en cuenta sus sentimientos. En el preciso momento en el que comprendí y, sobretodo, asumí el contenido de aquellas líneas, salí precipitadamente para dirigirme a la habitación de mi madre que, estaba entusiasmada con sus nuevas adquisiciones y dirigiendo a la chica de servicio, como si de un guardia de tráfico se tratara, para que fuera colocando en el vestidor, la ropa por colores.

     Ambas se sobresaltaron por mi entrada intempestiva y alocada. ¡Tienes que decirme dónde está! ¡Vé a buscarla o dime dónde la puedo encontrar! -grité con la voz rota por el llanto- 

   -Eso no son modales, cariño -dijo mi madre mientras hacía un gesto a la criada para que se retirara- 

    Una vez que nos quedamos a solas, se acercó a mí guardando una distancia prudencial, como hacía siempre, y me dijo:

     -¿Ya has leído su carta, verdad? Sécate las lágrimas y espera a que regrese cuando lo considere oportuno, no se puede echar a las personas de la vida de una y pretender un cariño incondicional cuando no hemos sabido  darlo. Tú quieres que te quieran pero no das nada a cambio. Incluso a mí, que soy tu madre, jamás me has demostrado un ápice de cariño, no te extrañe que me aleje de ti porque prefiero tu indiferencia a tu desprecio. ¡Piénsalo bien y actúa en consecuencia o sigue llorando tu pena, si no sabes reconocer el daño que haces a los demás con tu conducta!

    -¡Mamá, abrázame, por favor! -supliqué como una niña-

   Ella no lo dudó ni un segundo y ambas nos fundimos en un abrazo cargado de amor y comprensión secándonos las lágrimas la una a la otra.

       Aprendí la lección, rogué y supliqué a mi madre que la hiciera volver y regresó pero no antes de haber hecho los deberes, a partir de entonces fuimos maestra y alumna la una de la otra porque era la persona mejor educada que yo haya conocido en mi vida y sus clases de urbanidad me sirvieron a lo largo de mi vida tanto o más que mis estudios.

     

                       

 

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Comentario por Consuelo Labrado el junio 25, 2012 a las 12:16pm

Me siento como una niña con zapatos nuevos, leyendo los comentarios que, a mis escritos dedicas. Es un verdadero placer para mí saber que gusta lo que hago, sobretodo si es para disfrute de quien lo lee.

Gracias de nuevo.

Un abrazo.

Consuelo

Comentario por Juan Ignacio Arias Anaya el junio 24, 2012 a las 10:29pm

Difícil entender las relaciones humanas, Fabuloso haber captado su sentido. Felicidades. Ignacio

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:25pm

Muchas gracias, Nuria. Siempre es un placer recibir tu visita.

Un abrazo

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:24pm

Maigualida ¡Cuánto tiempo! El mero hecho de que te hayas quedado con ganas de más es todo un elogio para mí puesto que indica que te ha gustado tanto que te ha sabido a poco. ¡Estoy encantada! No acostumbro a hacer segundas partes cuando doy por finalizada una historia. Si alguna vez lo hiciera, te lo haría saber sin dudar.

Un besote, preciosa.

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:19pm

Pilar, mi querida amiga, me hace mucha ilusión que comentes mis escritos porque soy consciente de tu falta de tiempo y de tus múltiples obligaciones cotidianas, por eso valoro un montón que dediques unos momentos a leer mis relatos y comentarlos.

Un enorme, enorme abrazo, preciosa.

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:17pm

Norma, cielo, siempre es placentero recibir tu visita, me encanta ver que disfrutas con mis escritos.

Un besote.

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:16pm

¡¡¡Perdón, perdón!!! He escrito Jose Ignacio en vez de Juan Ignacio, ha sido un lapsus.

Otro abrazo, Juan Ignacio

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:15pm

Muchas gracias Jose Ignacio, me siento halagada por tus palabras y me doy por satisfecha sabiendo que mi relato ha gustado a todos quienes han tenido la amabilidad de leerlo.

No sé si soy buena al escribir pero sí es cierto que disfruto narrando historias y cuidando la manera de hacerlo.

Un abrazo, amigo.

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:11pm

Mario Orlando, tu comentario me ha resultado gratificante como no te puedes imaginar y acompañado de ese precioso ramo de flores me ha emocionado. Muuuuuchas gracias caballero.

Un afectuoso saludo desde Burgos.

Consuelo

Comentario por Consuelo Labrado el junio 22, 2012 a las 6:07pm

Hola Jose Santiago, el respeto al prójimo está por encima de todo, no se puede pedir lo que no se es capaz de dar, no importa el peldaño en el que un@ se encuentre porque no se debe menospreciar a nadie, siempre pueden darnos una lección, eso lo tengo muy claro. Nadie es más que nadie ni menos que los demás.

Gracias por visitar mi página y dejarme tu comentario.

Saludos desde Burgos.

Consuelo

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